Cuando mi padre vino a Francia, no venía con la intensión de instalarse para siempre. Pensó que sería tan solo una parada en el camino, una especie de abre bocas a la vida occidental, antes de cruzar el Atlántico e instalarse en Nueva York, en Brooklyn, donde lo esperaban tías y primos. Habían montado allí un pequeño delicatessen cuya especialidad era la chakchouka en todas sus formas: la clásica, por supuesto, suculenta, y luego la picante, la chakchouka verde, cocinada con marihuana, la persa, preparada con hilos de oro. Su éxito se limitaba a la manzana en donde se ubicaba la tienda, pero era real. Así que cuando necesitaron refuerzos, le propusieron a mi padre un trabajo de portero-guardaespaldas. A él le gustaba la pelea, era joven y en aquella época Brooklyn no era propiamente una guarida para hipsters como lo es ahora.
Mi padre pensó que solo iba a pasar unas semanas en París, mientras que su familia en Estados Unidos hacía los tramites para que pudiera entrar al país. Pero las semanas se convirtieron en meses. Él dormía en casa de un amigo, y rápidamente debió buscar otro lugar para alojarse, y luego otro y así pasó no sé cuánto tiempo dando saltos de pulga, de cama en cama, de amigo en amigo. Pero el estado providencial había cerrado el grifo de la inmigración y El Dorado prometido se había transformado en color carbón.
No tenia prisa de reunirse con su familia, y finalmente Nueva York era igualmente un lugar de paso, pues su objetivo era sentar raíces en California. Arrullado al son de los Beach Boys y The Doors, su único deseo era surfear en las olas de Venice Beach. Sin embargo, no era de tipo californiano, ni tenía la mandíbula cuadrada, ni los ojos azules, ni el pelo rubio, ni siquiera tenía pelo. Durante la espera, se entrenaba los fines de semana en el Sena, con un trozo de tabla de una paleta de envío del Carrefour de la esquina. Por supuesto, estaba lejos de las fuertes olas que se abatían sobre las costas de California, y eso ya le dio una idea del surfista que no era y que nunca llegaría a ser.   Al ver que nunca dominaría las olas, se convirtió en un experto improvisado en marihuana. No como vendedor, sino como catador, casi como un sommelier de Palace. Lo olvidamos pronto, pero en los años setenta, muchas sobredosis fueron relacionadas al consumo de hierba. En aquel entonces estaba cortada con toda clase de porquerías que volvían loco en el mejor de los casos, o mataban en los peores.
Gracias a su charla amena y a una red sabiamente estudiada, se convirtió en consejero de estrellas. Iba a sus casas y las asesoraba como si se tratara de un Château Petrus o de un Romanée-conti. Le evitaba a la farándula quemarse el cerebro con basura. Conoció y asesoró a Cerrone, a Robert Castel, a Pierre Richard y a Bernard Ménez. Siempre con la misma política: "Lo que importa es el viaje y los recuerdos que guardemos de él". Por supuesto estaba en contra del consumo, pero ante la imposibilidad de detenerlo, pensó que la mejor solución era proteger a quienes abusaban de él. A pesar de que André Malraux pensó que era merecedor de la Orden Nacional del Mérito, y de la satisfacción de todas esas vidas de famosos salvadas, mi padre seguía soñando con aquellas playas y con su bronceado de revista.     Pero el destino no siempre es clemente. El día en que fue al ayuntamiento a buscar su pasaporte, conoció a mi madre, quien recién desembarcaba de su Normandía natal. A ella la abrumó la lujuria de mi padre, sus proyectos y sus anécdotas con Serge Gainsbourg. En ese momento, mi padre ni se sospechó que aquella mujer sería su media naranja, que pronto le regalaría una hermosa hija, yo, y aun menos que su vida se construiría en París.
Mi madre no quería instalarse en California, pues para ella el cielo es el cielo. Y un árbol es un árbol. Ya sea aquí o allá. El botín California, uno de los más exitosos de mi colección, es pues un homenaje a mi padre.

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