Un par de zapatos esta siempre ligado a una historia, a un sentimiento, a un momento de mi vida, a una obra, a una canción, a una película, a una persona. Personalmente necesito unir todos los puntos de un dibujo para avanzar e ir dejando aparecer en él una figura. Es mi manera de tejer mi propia existencia.

Cada uno de mis modelos posee su propia personalidad y la historia de cada par de zapatos esta destinada a sobrecoger sus pies y permitirle avanzar, sentirse un sólido terrateniente, los pies en la tierra, la cabeza en las estrellas.

Le pedimos a nuestros zapatos cosas insensatas, como aceptar todo por los pies y no por la cabeza, y ocuparse de nuestro cuerpo entero, mantenerlo derecho, levantado, conquistador, confiado.

Los zapatos nos permiten entrar en contacto con el mundo exterior. Sin ellos no pondríamos un solo pie en la calle, a no ser que vivamos en el campo, en donde salir descalzas es posible sin temor a lastimarnos, o a que un obeso infame nos pise el dedo pequeño del pie. Los zapatos son un polo a tierra y debemos idolatrarlos. Por lo menos los míos, que serán evidentemente los suyos, están hechos para comprenderla. Porque además de llevarla físicamente de un lugar a otro, lo zapatos deben igualmente transportarla psíquicamente. Esta es mi misión. Que antes de calzarlos, usted los tome en sus brazos admirándolos y se diga: " ¡ Whaou, voy a ponerme este par de zapatos increíble hoy? Alcancé mis sueños más profundos. No necesito nada más, pues con este par de joyas a mis pies estoy colmada!” Mi tarea es darle el placer de tener en su casa un objeto que puede admirar y a la vez ser admirada. Porque la valorizará y le dará la confianza necesaria para sobresalir a cada uno de su pasos. Con el fin de maravillarla aún más, le cuento la historia de este modelo de zapatos que calza.

Cuando joven, mi padre se ausentaba frecuentemente. Inclusive cuando estaba con nosotros estaba ausente. Algunas veces pasábamos los fines de semana en familia, no todos. No soy hija de divorciados, pero si de un padre que pasaba su vida recorriendo las carreteras, trabajando de un lugar a otro. Laboraba sin parar, sin descanso ni respiro. Y me machacaba siempre diciéndome que un ser humano solo se puede realizar con el trabajo. De golpe cuando regresaba, después de haber devorado kilómetros de camino, quería recuperar el tiempo perdido conmigo y con mi hermana. Entonces reaparecía con el maletero del coche lleno de casetes VHS. Muy joven, tuve acceso a una cultura cinematográfica ilimitada. En mi casa era Netflix antes de Netflix y únicamente con películas de maestros del cine, no como esta cadena de streaming que es más un vertedero que una videoteca de lujo.

Cuando joven, mi padre se ausentaba frecuentemente. Inclusive cuando estaba con nosotros estaba ausente. Algunas veces pasábamos los fines de semana en familia, no todos. No soy hija de divorciados, pero si de un padre que pasaba su vida recorriendo las carreteras, trabajando de un lugar a otro. Laboraba sin parar, sin descanso ni respiro. Y me machacaba siempre diciéndome que un ser humano solo se puede realizar con el trabajo. De golpe cuando regresaba, después de haber devorado kilómetros de camino, quería recuperar el tiempo perdido conmigo y con mi hermana. Entonces reaparecía con el maletero del coche lleno de casetes VHS. Muy joven, tuve acceso a una cultura cinematográfica ilimitada. En mi casa era Netflix antes de Netflix y únicamente con películas de maestros del cine, no como esta cadena de streaming que es más un vertedero que una videoteca de lujo. Desde la tarde del viernes, después de la escuela, cerrábamos las cortinas, conectábamos el magnetoscopio, preparábamos las palomitas de maíz sobre la estufa de gas y emprendíamos nuestro maratón de vídeo. Las noches transcurrían hasta quien cayera primera (o primero si mi padre estaba presente). El tiempo no existía y a veces tenía la sensación de pasar noches enteras en blanco cuando, en realidad, nuestros esfuerzos por mantenernos despiertas solo duraban hasta la una de la mañana, pues el cansancio nos ganaba después de una semana intensa. Es así que desarrollé una cultura fílmica que los críticos de cine me envidian, hasta el punto de quererme abrir el cráneo para extraer mi cerebro y analizar cómo todo esto es humanamente posible. Comencé por ver películas duras para una niña de seis años, pero tenían el don de hipnotizarme: El Acorazado Potemkine, el primer King-Kong, Un Perro Andaluz, películas de Chaplin, de Buster Keaton, de Kirk Douglas, John Ford, Eastwood, Mack Sennett, W.C. Fields, Allen, Altman, McCarey y para ir al grano, los Marx Brothers quienes me acompañaron infinitas veces durante mis sesiones de cine en casa. Aún hoy soy incapaz de decir cuántas de sus películas vi. A pesar de que no hicieron muchas, menos de veinte, tal vez vi y re vi siempre las mismas. Simplemente por el placer de contemplar sus bromas y desmenuzarlas desde cada ángulo, entender y asimilar su humor visual combinado a las réplicas asesinas de Groucho. Verdaderamente era una experiencia única que nunca más volví a vivir. Como sus producciones coincidieron con el paso del cine mudo al hablado, adaptaron admirablemente su humor en esta época de evolución profunda. De esta manera crecí, pasé mi infancia devorando VHS con los ojos bien abiertos. Algunas veces doblada de carcajadas, otras aterrorizada delante de Nosferatu o del primer Frankenstein de la Universal. Pero mi fascinación estaba por encima de mis miedos y continuaba sin tregua admirando tanta imaginación.  
Algunos años después, en el instante mismo de darle forma y nombre a este maravilloso botín al tobillo, recordé lo que me construyó, lo que me proporcionó placer y alegría, con la esperanza de procurarle un pedacito de toda mi emoción. Por ello bauticé este exquisito modelo el Marx Sisters de la felicidad, pues esto es lo que somos y lo que nos une finalmente: el deseo de bienestar y de confianza en nosotras mismas y a toda conciencia.  Desde la tarde del viernes, después de la escuela, cerrábamos las cortinas, conectábamos el magnetoscopio, preparábamos las palomitas de maíz sobre la estufa de gas y emprendíamos nuestro maratón de vídeo. Las noches transcurrían hasta quien cayera primera (o primero si mi padre estaba presente). El tiempo no existía y a veces tenía la sensación de pasar noches enteras en blanco cuando, en realidad, nuestros esfuerzos por mantenernos despiertas solo duraban hasta la una de la mañana, pues el cansancio nos ganaba después de una semana intensa. Es así que desarrollé una cultura fílmica que los críticos de cine me envidian, hasta el punto de quererme abrir el cráneo para extraer mi cerebro y analizar cómo todo esto es humanamente posible. Comencé por ver películas duras para una niña de seis años, pero tenían el don de hipnotizarme: El Acorazado Potemkine, el primer King-Kong, Un Perro Andaluz, películas de Chaplin, de Buster Keaton, de Kirk Douglas, John Ford, Eastwood, Mack Sennett, W.C. Fields, Allen, Altman, McCarey y para ir al grano, los Marx Brothers quienes me acompañaron infinitas veces durante mis sesiones de cine en casa. Aún hoy soy incapaz de decir cuántas de sus películas vi. A pesar de que no hicieron muchas, menos de veinte, tal vez vi y re vi siempre las mismas. Simplemente por el placer de contemplar sus bromas y desmenuzarlas desde cada ángulo, entender y asimilar su humor visual combinado a las réplicas asesinas de Groucho. Verdaderamente era una experiencia única que nunca más volví a vivir. Como sus producciones coincidieron con el paso del cine mudo al hablado, adaptaron admirablemente su humor en esta época de evolución profunda. De esta manera crecí, pasé mi infancia devorando VHS con los ojos bien abiertos. Algunas veces doblada de carcajadas, otras aterrorizada delante de Nosferatu o del primer Frankenstein de la Universal. Pero mi fascinación estaba por encima de mis miedos y continuaba sin tregua admirando tanta imaginación.

Algunos años después, en el instante mismo de darle forma y nombre a este maravilloso botín al tobillo, recordé lo que me construyó, lo que me proporcionó placer y alegría, con la esperanza de procurarle un pedacito de toda mi emoción. Por ello bauticé este exquisito modelo el Marx Sisters de la felicidad, pues esto es lo que somos y lo que nos une finalmente: el deseo de bienestar y de confianza en nosotras mismas y a toda conciencia.

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