Mi gran historia de amor con el Far West. Los caballos, los bisontes, los vaqueros, los indios, las grandes llanuras, los carruajes, los desiertos, las fogatas, las armónicas, los fuertes, los Apaches, los amuletos de paz de los indios norteamericanos, las traiciones, el Valle de la Muerte, el Gran Cañón, toda esta mitología del Far West norteamericano siempre me fascinó.

Mi gran historia de amor con el Far West. Los caballos, los bisontes, los vaqueros, los indios, las grandes llanuras, los carruajes, los desiertos, las fogatas, las armónicas, los fuertes, los Apaches, los amuletos de paz de los indios norteamericanos, las traiciones, el Valle de la Muerte, el Gran Cañón, toda esta mitología del Far West norteamericano siempre me fascinó.

Y como lo expresé en repetidas ocasiones a mi psicoanalista, siempre hay una razón para explicar lo que nos sucede en la vida, lo que nos obsesiona. Cuando niña, pasaba horas enteras sobre un sofá mientras mis padres trabajaban duro. Así fue como me instruí en el mundo de los western que pasaban los martes en la noche en la emisión “Dernière Scéance” presentada por Eddy Mitchell. El ritual era siempre el mismo: acababa mis deberes, preparaba pastas con mantequilla para mi y mi hermana, la acostaba, la acompañaba hasta que se durmiera. Luego encendía la televisión y me sumergía en el desierto. Gracias a Eddy pude descubrir películas que me marcaron de por vida: La Flecha Rota, Pequeño Gran Hombre, Johnny Guitar, Duelo de Titanes, Winchester 73, La Legión Invencible…Todo este universo de gran arte me abrió los ojos y el corazón, dejando mi alma de niña en su sitio, para luego deleitarme con los dos capítulos de Tex Avery que seguían en la tele.

Y como lo expresé en repetidas ocasiones a mi psicoanalista, siempre hay una razón para explicar lo que nos sucede en la vida, lo que nos obsesiona. Cuando niña, pasaba horas enteras sobre un sofá mientras mis padres trabajaban duro. Así fue como me instruí en el mundo de los western que pasaban los martes en la noche en la emisión “Dernière Scéance” presentada por Eddy Mitchell. El ritual era siempre el mismo: acababa mis deberes, preparaba pastas con mantequilla para mi y mi hermana, la acostaba, la acompañaba hasta que se durmiera. Luego encendía la televisión y me sumergía en el desierto. Gracias a Eddy pude descubrir películas que me marcaron de por vida: La Flecha Rota, Pequeño Gran Hombre, Johnny Guitar, Duelo de Titanes, Winchester 73, La Legión Invencible…Todo este universo de gran arte me abrió los ojos y el corazón, dejando mi alma de niña en su sitio, para luego deleitarme con los dos capítulos de Tex Avery que seguían en la tele.

Y cuando no estaba muy cansada, veía la segunda película, a menudo para un público más adulto.

De este modo me construí, como una cinéfila sólida en el mundo de los western, lo cual se reflejaba al día siguiente durante el recreo: utilizaba elásticos como lazos y enrollaba como embutidos a quienes se atrevían a desafiarme. Si jugábamos a vaqueros e indios, siempre escogía el rol de una jefa de exploradores Siux. Esto me permitía usar sortilegios y lanzar maleficios que algunas veces se hacían realidad. No puedo decir cuántos de mis compañeros acabaron con feroces erupciones de herpes. La escuela se preocupó hasta tal punto que me amenazó de expulsión si no paraba mis hechizos.

Mi escolaridad prosiguió sin obstáculos. Era buena alumna, dedicada, y en las tardes cuidaba a mi hermana menor. Mis actividades extraescolares giraban alrededor del baile. Ballet clásico primero, ya que fui ratoncito de laboratorio en la Opera de Paris. Y los fines de semana, los sábados por la tardes más precisamente, si mi padre no trabajaba, le pedía que me acompañara a un club en donde tocaban música country. Alli aprendí algunos pasos y también a bailar en fila india.

Contrariamente a mis amigos, no fumaba tabaco, lo mascaba. Y todos mis cursos de vacaciones los hacía en granjas. Aprendí a montar a caballo y procuraba hacerlo por lo menos tres o cuatro veces por semana. Llegó entonces el momento de fusionar todo esto para poder llevar a cabo todas mis pasiones. Estaba casi a punto de casarme con un herrero cuando mi padre enfermó. Sumergido en una profunda depresión, cesó de planta todas sus actividades profesionales y personales. Postrado en la cama, solo quería una cosa: morir.

De un momento a otro el mundo se detuvo y todo comenzó a girar a su alrededor. Dejé de lado mis deseos y sueños, mi madre sus pasiones, su trabajo, mi hermana sus estudios y nos turnábamos para acompañarle y para indagar qué lo sacaría de su estado, y su respuesta era siempre la misma: partir.

Ninguna molécula del mercado farmacéutico lograba levantarlo. Lo intentamos todo. Hasta pensé volver a invocar mis sortilegios.

Mi madre, en un sobresalto de lucidez extraña, pensó que tal vez existía un ser capaz de sacarlo de su torpeza. Recurrió a varios de sus contactos y luego de pasar por la cuñada del primo de su cuñado, consiguió un concierto privado con el mejor de los crooner del norte de África, Enrico Macias. Enrico vino a casa y le cantó algunos de sus títulos más conocidos. Y como no tenía sino cuatro o cinco, el concierto no duró mucho tiempo. Pero la chouchouka de mi madre era tan buena, que volvió a tocar su repertorio muchas veces.

Habíamos creído ingenuamente que siendo del mismo pueblo que Enrico, mi padre resurgiría de los subsuelos de su depresión, pero por desgracia, ni siquiera parpadeó.

Lo que siguió fue cada vez peor. Solo se expresaba con sonidos, con gruñidos para decir sí, no, comer, beber. Entonces como último recurso, y pensando que como fue él quien me impuso como niñera a las películas del Far West cuando era niña, decidí llevarlo con o sin su acuerdo, a conocer el Valle de la Muerte. ¿Qué mejor lugar para visitar con alguien que quiere irse de este mundo?

Lo amarré bien a una silla de ruedas, ya que no quería caminar, y le di una sobredosis de somníferos, para tambaleármelo a través del océano y una buena parte de los Estados Unidos.

Cuando llegamos, le quité la venda que le había puesto en los ojos para que descubriera el cráter del Volcán Ubehebe. La visión era absolutamente desbordante de belleza y esto le llegó instantáneamente al corazón. Tanto que se levantó de su silla de ruedas. Hacía muchas semanas que no había puesto un pie en tierra, y aunque sus piernas temblaban, me aseguró que esta experiencia marcaba el comienzo de su mejoría.

Alquilé una pequeña carreta y remolcados por dos caballos, emprendimos el viaje. Pasamos por Dante View, cuyo atardecer imprimió nuestra retina de por vida. Proseguimos por Zabriskie Point, luego por Natural Bridge en donde acampamos durante tres noches. Mi padre jugaba con los coyotes y nos mantenía sanos y salvos de las serpientes cascabel que merodeaban alrededor de nuestro campamento.

Pasamos un momento increíblemente profundo. Hablamos poco, pero lloramos mucho ante tanta belleza, emocionados de estar reunidos en un silencio de plenitud total. Estábamos bien.

Mi padre me evocó este viaje que habíamos hecho veinte años antes hasta su lecho de muerte. Hablaba de este recuerdo con mucha emoción, lo rememoraba como el remedio que le había espantado las ganas de morir.

Así que para dejarlo partir apaciblemente, sin quitarle la menor alegría, la menor ilusión, no me atreví a contarle que lo había drogado fuertemente a lo largo del periplo y que le había llevado, en realidad, al parque de atracciones La Mer de Sable a las afueras de Paris, un parque que recrea los grandes temas de la Conquista del Oeste.

Lo que tomaba por coyotes, eran de hecho perros callejeros, y el cráter del Volcán, era sólo un hoyo abierto de un basurero que lindaba con el parque. A mi padre lo ilusionó tanto este viaje, que creía fervientemente haber atravesado el Atlántico y era lo único que contaba, pues había salido de su depresión y lo habíamos recuperado aún más fuerte qua antes.

Es por esto que muchos años después, cuando imaginé los modelos de estilo vaquero Angel y Letterman, invoqué el recuerdo de mi querido padre, mi pequeño ángel que se fue tan pronto. Un homenaje como lo hago siempre a través de todas mis creaciones.

 

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