Cuando nos instalamos en el local que todavía ocupamos, no había ninguna tienda bio, ningún restaurante que sirviera únicamente quínoa, ningún curso de meditación o de yoga bikram. Era la época del primer mandato de Jacques Chirac, los Beasty Boys sacaban su album Hello Nasty y Wes Anderson, Rushmore. Era un año creativo. Incluso tuvimos derecho a Windows 98, Apple todavía no vendía sus iPhone al precio de un salario mínimo. Total era otra época, con sus buenas y sus menos buenas también. Fue en este ambiente que llegué a esta calle que contaba entonces con una cantidad alucinante de vendedores de alfombras. Cada comercio, cada puerta era administrada por un persa que vendía alfombrillas de lujo.

Hace veinte años ya trabajábamos en el calzado, pero la marca todavía no existía. Con Laurent, mi marido, creábamos colecciones para otras marcas, ayudándoles a ver más claro en su mundo amurallado.

Pero si todo parecía estar bien para todo el mundo, vivimos en aquella época un gran vacío profesional que por poco nos hunde para la eternidad. Víctimas de una estafa colosal por parte de clientes a quienes considerábamos amigos, tocamos el fondo.

Un cumulo de facturas sin pagar nos llevo a la quiebra, casi a la bancarrota económica, y sobre todo, el sentimiento de traición nos sumió en una tristeza profunda.

Todo aquello nos sacudió verdaderamente. Dormíamos poco, estábamos muy mal, y cuando lograba cerrar los ojos, el insomnio acumulado me provocaba pesadillas. Perdí el apetito por el miedo de no volver a subir la cuesta. Y como un problema nunca llega solo, atravesamos con Laurent un momento de pareja delicado. Un momento en el que las palabras eran pocas, y cuando existían eran más bien alaridos y no conversaciones sensatas. Total fue catastrófico, y una mañana, Laurent decidió salir corriendo dejándome sola. Sola para pensar, para reflexionar, para rumiar.

No estaba resentida contra él porque, a decir verdad, habíamos llegado a tal estado de nervios, que habríamos terminado en la implosión por tanta desesperación. Encontrarme sola me pareció duro e injusto, sobre todo en este instante cuando todo se hundía, la pareja aparecía como una última muralla en la cual, no tenia derecho a refugiarme.

Apenas tuve tiempo de apiadarme de mi suerte, pues debíamos reembolsar las deudas dejadas por este estiércol de cliente. Iba a la oficina día tras día, sola, a trabajar en las nuevas colecciones de mis clientes, a diseñar tacones, conseguir nuevos materiales, pensar en las novedades. Ya no salía, no hacía deporte, no iba de copas, no veía a nadie y decidí encerrarme en este trabajo que me había dado todo para luego arrebatármelo. Ya no tenía horarios y no cuidaba mi salud. Me sumergí en ese hoyo negro en donde no quise que nadie me encontrara. Los únicos momentos en los que ponía un pie en la calle eran cuando fumaba mis cigarrillos. Justo frente a la oficina (y como en toda la calle), se encontraba una tienda de alfombras persas. Tenían existencias hasta el techo y hasta el fondo del local. Jamás veía a un solo cliente pasar el umbral de la puerta. No había movimiento y la inercia era incluso fascinante. La única actividad del dueño era fumar su chicha, incansablemente, durante horas, desde la apertura hasta el cierre, desparramado sobre sus alfombras, echado como si estuviera sobre una playa en México fijando el horizonte. Y el horizonte era YO. Plantaba sus ojos en mi y me lanzaba una medio sonrisa. Me molestaba con rabia tanta insistencia. Hasta el punto en que un día decidí no salir a fumar y preferí envenenarme dentro de la oficina con tal de no tener que soportar sus miradas.

Estaba finalizando la colección para un cliente cuando escuché unos golpes en la puerta. Era mi vecino. Pensé que posiblemente buscaba trabajo, ya que pasaba su tiempo acostado esperando que algo sucediera. Demasiado importunada por sus inspecciones incesantes, nunca me había fijado en su físico. Aunque poca distancia nos separaba, jamás había observado su agradable rostro. Más bien demacrado, era moreno y sus ojos grandes y negros iluminaban su frente y sus pómulos. Era seductor y me asombraba no haberlo percibido antes. Tendió su brazo y abrió su mano entregándome una caja pequeña, redonda y plana, en cuyo interior pude percibir un poco de caviar.

- Tómela, es caviar iraní. Lo verá es blanco. Es escaso y muy bueno. ¿ Quiere salir conmigo?

No tenia entre mis planes salir, ni siquiera para regresar a casa. Recientemente separada pero lejos de haberme divorciado, era impensable para mi intercambiar una caja de caviar contra una cita amorosa con mi vecino. A pesar de ser un nombre guapo, agradable, pulido, decliné su invitación al recital de una prima en los jardines de un hotel particular del decimosexto distrito. Pero insistió.

- En mi país, regalamos caviar en vez de flores. Es más efímero pero más precioso. Venga conmigo, la vida está en otro lugar.

Regresé a mi oficina a trabajar en esta colección cuyo fin no vislumbraba, sin dignarme responder a mi vecino. Al sentarme sentí como un aguijón en mi nalga derecha. Me levanté y descubrí la pequeña caja de caviar. Eran alrededor de las tres de la tarde, tenía el estomago vacío y la cabeza igual. Me quedaba un trozo de pan, un poco rancio, y la mitad de un limón verde. Esparcí los huevos de caviar y los engullí de una sola bocanada. Estallaron instantáneamente entre mis dientes. Un placer gustativo que me llevó a las puertas de mi primer y único orgasmo gastronómico. El hambre se difuminó después de tan solo un bocado. En tan solo una hora logré terminar mi trabajo, después de haber estado bloqueada una eternidad en un único modelo. Pude incluso adelantar otros proyectos, otras obras y hasta divisar por primera vez, la posibilidad de crear mi propia marca, dibujar e imaginar mis propios modelos. Tenía energía hasta para regalar, imaginación para prestar. No lograba quedarme quieta y decidí llamar a Jean-Ba, un amigo de infancia que se profesionalizó en Parkour, disciplina que combina el atletismo, el salto y la escalada. Necesitaba quemar mi energía y sobrepasarme.

Después de haber hecho mil maromas sobre media docena de tejados del barrio, regresé a la oficina para ducharme, acabar un poco de papeleos engorrosos y buscar nuevos clientes. Pero mi atención se difuminaba, no lograba concentrarme.

Fue así que, con el fin de no lanzarme en un trabajo mediocre, decidí dejar de nuevo la oficina para regresar a mi casa y sumirme en el melodrama. Tenía ganas de ver películas de Douglas Sirk. Soñaba con hacerlo hasta el amanecer. Cerrando la reja tras de mí, sentí una presencia y descubrí a mi vecino de en frente.

- Espero que haya apreciado mi caviar, Patricia.

- Oh sí, excepcional, debo reconocerlo. Muchas gracias.

- Oh con gusto, los buenos platos hacen los buenos vecinos.

- Oh no conocía esta expresión señor...

- Ningún señor entre nosotros veamos, llámeme Ashem. Quisiera hacerle una invitación.

- Estoy un poco cansada, quisiera irme a casa.

- Sólo tomará un instante y le aseguro que vale la pena.

 
Ashem desapareció en el trasfondo de su tienda algunos segundos, largos segundos, segundos que se volvieron minutos, largos minutos. Aprovechando la ocasión que me regalaba, pensé en evadirme. Pero tomé demasiado tiempo en decidirme. De pronto lo vi salir de su tienda con una gran alfombra roja, brillante y tejida en hilo de oro. Lo desplegó justo en medio de la calle y me invitó a subir. Era ya de noche. Se sentó y me ordenó a hacer lo mismo sin darme explicaciones. Masculló algunas palabras que no comprendí y al instante siguiente sentí el tejido zumbar bajo mis piernas, bajo mi peso, algo inhabitual estaba ocurriendo, algo extraordinario. La alfombra se despegó del suelo. Primero un poco, luego se elevó al firmamento. Cuando menos pensé estábamos por encima de los tejados de la calle. Luego encima de las nubes. París estaba encendido y una fina lluvia reforzaba este prodigioso efecto luminoso. Tenía la impresión de vivir un verdadero cuento de hadas. A pesar de estar por los aires, a centenares de metros del suelo, no sentía ningún temor, ningún miedo de caer al vacío y de romperme el cuello; Ashem estaba sentado detrás de mí y me sostenía con firmeza. Era el primer piloto de alfombra que conocía, pero me pareció que maniobraba lo suyo con una gran maestría. Me hizo el tour de los Grandes Duques: sobrevolamos el Grand Palais, pasamos por entre las piernas del Arco del Triunfo, me mostró los Jardines del Elíseo, en donde pude divisar a Bernadette Chirac saborear una isla flotante en compañía de David Douillet. Luego me llevó a la Torre Eiffel en cuya cima aterrorizó su alfombra.
Se levantó y sacó de su bolsillo una especie de lámpara. La frotó. - Patricia la quiero. Patricia la amo desde el primer día en que la vi. Patricia quiero probarle mi amor demostrándole que no soy un chico como los otros. Dígame tres deseos y mi genio se encargará de le cumplírselos. Los tres deseos que más quiera su corazón, verá que el genio se los otorgará de inmediato. Ashem era una buena persona. Un joven ingenuo, buen mozo, de buen espíritu y ciertamente servicial con aquellos a quienes quería. Lo que vivía actualmente con él era único. Me sumí en lo más profundo de sus ojos en busca de la respuesta. El seguía frotando su lámpara hasta el momento en que se asomó un pequeño genio en medio de una humareda fucsia. - Patricia dígale al genio sus tres deseos. - Genio, libérame de Ashem porque es a Laurent a quien amo. Y en ese mismo instante mi vecino se desvaneció en las profundidades insondables del infinito. - Patricia, te quedan dos deseos. Formúlalos y, yo Genio, te los cumpliré. - Genio, quisiera liberarte de tu lámpara porque nadie piensa nunca en ti. Y luego, te regalo mi tercer deseo para que lo utilices como quieras y puedas por fin ser feliz.

De regreso a tierra firme, llamé a Laurent para expresarle mi amor y pedirle que regresara a París. Recorrió más de ocho horas en coche y volvió a casa esa misma noche.

Todavía hoy, después de más de veinte años, hablo de vez en cuando con el genio. Me llama para contarme lo que hace, los sucesos en su vida. Después de varios trabajitos y una vida de vagabundo, había decidido instalarse en el cantón de Valais en Suiza para volverse productor de raclette bio. Había descubierto su infinita pasión por este delicioso queso y se había convertido en un productor mundialmente reconocido. Se había casado con una mujer magnífica e inteligente que le había dado tres hijas inteligentes y genialmente bellas. Jamás había tenido necesidad de utilizar el tercer deseo que le había regalado la noche de su liberación. A menudo nos reíamos imaginando cómo podríamos utilizarlo: - exigir que Bananarama volviera a reunirse – Librarnos de Trump - Ofrecerle la inmortalidad a Clint Eastwood. Pero al instante siguiente cambiábamos de opinión y nos decíamos que ese deseo nos serviría para pedir que el mundo entero sea feliz para que ya nadie más tuviese ganas de pedirlo.

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